Después de escuchar la banda sonora de Las aventuras de Tintin: el secreto del Universo nada hacer prever, salvo por imponderables propios de la edad, que el binomio John Williams-Steven Spielberg esté a punto de llegar a su fin.

El óptimo ensamblaje entre imagen y música vuelve a ser parejo al grueso de la filmografía que presentan en común. Abstrayéndose de la idea que trabajaba sobre un material que mezcla imagen real y animada a través de la técnica del motion capture, John Williams gana a sus fieles seguidores y, en general, a los aficionados a la composición cinematográfica, merced a un despliegue de recursos que causan asombro y admiración en alguien que frisa los ochenta años.

No existe una nota dejada al azar en esta pieza musical que se viste de gala desde los primeros fotogramas, haciendo acopio de unos motivos jazzísticos para los excelentes títulos de crédito en similar disposición que en Atrápame si puedes (2002), pero con la particularidad de emplear el tecleo de la máquina de escribir para marcar elcompás del tema bautizado en el compacto con el mismo título de la película. No se trata, empero, del leit motiv de The Adventures of Tintin: The Secret of the Unicorn, ya que la composición de Williams se decanta por un desarrollo esencialmente descriptivo que evita asignar un determinado timbre sonoro para cada uno de los personajes protagonistas.

Williams aplica la técnica del mickeymousing para esas escenas en que lo cómico y/o burlesco se apodera del relato —Hernández & Fernández jugando al «ratón y al gato» con el viejo cleptómano Silk (Toby Jones), coleccionista de un arsenal de carteras que sustrae a la velocidad del rayo; Milú tirando del hilo de alguna pista para satisfacción de su amo— mientras que aplica con una precisión de cirujano —en consonancia con su categoría mayúscula sin reservas— la «masa» musical necesaria en cada parcela del film para «compactar» la narración y que esta fluya sin descanso.

Así pues, la banda sonora se torna grave, se espesa cuando la sombra difusa de Sackharine (Daniel Craig) se proyecta sobre el atribulado y joven investigador, y sus compañeros de viaje(s). Trombones y trombas salen a la palestra para la ocasión, pero la cuerda y la percusión abanderan un score dinámico, con constantes vaivenes, emulando el movimiento del Kahborian en alta mar. Se trata del navío donde Tintín y el capitán Haddock se encuentran por primera vez, llevando consigo, a partir de entonces, la idea de la aventura por lugares fácilmente identificables y otros tantos de difícil ubicación, a los que el soundtrack, lejos de obviar, inserta en su desarrollo musical. En estos espacios es donde la banda sonora se procura una serie de detalles «exóticos», insertando «fragmentos» de una «secuencia musical» de raíces arábigas a esa «cadena de ADN» típicamente alineado con el razonamiento y el sentimiento compositivo de John Williams.
