La bala 5.56

Ziaaang. Ziaaang. Pasaron zumbando, altas, dos balas más, pero esta vez no agachó la cabeza porque las esperaba y porque Márquez, recostado en el talud junto a su Betacam, lo estaba mirando. También eso de la 5.56 tiene su miga, pensó Barlés. Menos pesada que sus hermanas de otros calibres, posee además la ventaja de que al dispararse viaja en el límite de su equilibrio, de forma que cuando encuentra carne humana altera la trayectoria. Entonces, en lugar de salir en línea recta va y se tuerce, sale por otro sitio y, de paso, provoca la fractura de los huesos y el estallido de los órganos huecos, la muy zorra.

También es cierto que mata menos, por ejemplo, que un calibre 7.62 OTAN o el más corto del Kalashnikov; pero todo está estudiado. En cuanto a las balas, los muertos enemigos están muertos y ya está. Pero lo eficaz de verdad es que el enemigo tenga, más que muertos, muchos heridos graves, mutilados y cosas así: requieren esfuerzos de evacuación, cura y hospitales, complican la logística del adversario y le revientan la organización y la moral. Matar al enemigo ya no se lleva. Ahora lo moderno es hacerle muchos cojos y mancos y tetrapléjicos y dejar que se las arregle como pueda.

A esa conclusión, suponía Bardés, llegaron los estados mayores tras leer el informe -las estadísticas de Vietnam cruzadas con las campañas napoleónicas, o vaya usted a saber- que algún calificado especialista elaboró después de analizar factores, tendencias y parámetros. Barlés imaginaba al fulano en mangas de camisa, llamándose Mortimer, o Manolo, con la secretaria trayéndole café, gracias, cómo van las cosas, bien, muy bien, siete mil muertos por aquí, diez mil por allá y me llevo cinco, diablos, este café está ardiendo, oye preciosa, si eres tan amable tráeme los porcentajes de quemaduras de napalm. No, éste es de quemaduras en la población civil, me refiero al de soldados de infantería. Gracias, Jennifer, o Maripili. ¿Tomas una copa a la salida del trabajo…? No fastidies con eso de que estás casada. Yo también estoy casado.

Barlés lo sabía muy bien: el hecho de que un artillero serbio, por ejemplo, disparase la granada de mortero PPK-SlA en lugar de la PPK-SBB contra la cola del pan en Sarajevo podía suponer la diferencia entre que Mirjan, o Liljiana, vivieran, muriesen, recibieran heridas leves o quedasen mutilados para toda la vida. Y la existencia o disponibilidad de la  PPK-SlA o la PPK-SBB dependía menos de las ganas del artillero serbio que de los cálculos estadísticos realizados por los citados Mortimer o Manolo mientras, entre café y café, intentaban llevarse al huerto a la secretaria.

La bala retozona del 5.56, esa misma que hace zig-zag y en vez de salir por ahí sale por allá o hace estallar el hígado, se comporta así porque un brillante ingeniero, hombre pacífico donde los haya, quizá católico practicante, aficionado a Mozart y a la jardinería, pasó muchas horas estudiando el asunto. Tal vez hasta le dio el nombre -Bala Louise, Pequeña Eusebia- porque el día que se le ocurrió el invento era el cumpleaños de su mujer, o su hija. Después, una vez terminados los planos, con la conciencia tranquila y la satisfacción del deber cumplido, el asesino de manos limpias apagó la luz en la mesa de proyectos y se fue a Disneylandia con la familia.

(Extracto de “Territorio Comanche”, 1994 – Arturo Pérez-Reverte).

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El escaparate de las muñecas.

Estuvo así hasta apurar el cigarrillo y después bajó por la escalinata, deteniéndose ante el escaparate de las muñecas. Las había vestidas y desnudas, con pintoresco traje de campesinas o complicados vestidos románticos que incluían guantes, sombreros y sombrilla. Algunas representaban niñas y otras mujeres adultas. Las había de rasgos groseros, infantiles, ingenuos, perversos…

Los brazos y manos se alzaban a mitad de un imaginario movimiento en diversas posturas, como si los hubiese sorprendido así el soplo frío del tiempo transcurrido desde que las abandonó, o vendió, o murió, su propietaria. Niñas que al final fueron mujeres, pensó Julia, hermosas o desprovistas de atractivo, que después, alguna vez, amaron o quizá fueron amadas, habían acariciado esos cuerpos de trapo, cartón y porcelana con manos que ahora se consumían en el polvo de los cementerios.

Pero todas aquellas muñecas sobrevivían a sus poseedoras; eran testigos mudos, inmóviles, que guardaban en sus imaginarias retinas viejas escenas domésticas, ya borradas del tiempo y la memoria de los vivos. Desvaídos cuadros esbozados entre brumas de nostalgia, momentos de intimidad familiar, canciones infantiles, amorosos abrazos. Y también lágrimas y desengaños, sueños reducidos a cenizas, decadencia y tristeza. Quizá, incluso, maldad.

Había algo sobrecogedor en aquella multitud de ojos de vidrio y porcelana que la miraban sin parpadear, con la hierática sabiduría que sólo el tiempo posee, ojos inmóviles incrustados en pálidos rostros de cera o cartón, junto a vestidos que el tiempo había oscurecido hasta dar un tono apagado y sucio a puntillas y encajes. Y el cabello peinado o en desorden, pelo natural —el pensamiento la hizo estremecerse— que había pertenecido a mujeres vivas. Con melancólica asociación de ideas le vino a la memoria el fragmento de un poema que había oído recitar a César tiempo atrás:

Si se conservasen todos los cabellos de las mujeres que han muerto…

Le costó apartar los ojos del escaparate, cuyo cristal reflejaba, sobre ella, las pesadas nubes grises que ensombrecían la ciudad.

 

(Extracto de “La tabla de Flandes” – Arturo Pérez-Reverte).

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El Capitán Alatriste.

Soy un fiel lector de Arturo Pérez-Reverte, uno de los escritores españoles más conocidos dentro y fuera de nuestro país. Me gustan su estilo directo y ese sentido del humor tan peculiar, tan mordaz.

Con el paso de los años, he ido leyendo (y disfrutando) casi todos sus libros, desde “Territorio Comanche”, “La piel del tambor” (una de mis favoritas), “La Reina del Sur”, “La Sombra del Águila”, “La carta esférica”, “Cabo Trafalgar”, “El club Dumas”, “El maestro de esgrima”, etcétera.

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No obstante, de todas sus novelas, me faltaban por leer (y me siguen faltando) unas de las más célebres y “Revertianas”, si se me permite la expresión. Me refiero a las aventuras del Capitán Alatriste, esa serie de novelas de estilo folletinesco, que tienen como personaje principal a un valiente y cabal hombre de capa y espada. Bien, pues por fin he comenzado con la serie, leyendo la primera novela: “El Capitán Alatriste” (1996). No me ha decepcionado lo más mínimo y  logrado transportarme a la España de Felipe IV, esa llamada “Edad de Oro”, con Lope de Vega, Góngora y Don Francisco de Quevedo, este último en su papel de amigo, compañero de bar, teatro y armas del Capitán Alatriste.

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Pérez-Reverte logra ambientar a la perfección el escenario de la novela, fruto de una sólida preparación cultural y, como deja claro en el prólogo, mucha investigación previa.

En fin, que con novelas como esta, además de pasar un buen rato, viajando en el tiempo y la distancia, uno también aprende algo de nuestra historia y costumbres, que no viene nada mal.

Por supuesto, que ya tengo previsto hacerme con la siguiente novela de la serie Alatriste. “Limpieza de sangre” (1997).

Link de interés: http://www.perezreverte.com/capitan-alatriste/